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Comentarios de la Perasha: Vaerá

A PUNTO DE SER INFLUENCIADO (Rab Shalom Shewadron ZTz"L)
 

En uno de mis viajes a Inglaterra, con motivo de un congreso educacional, sostuve una de las acostumbradas pláticas con muchos de los alumnos allí presentes. Después de la reunión, se me acercó un joven y manifestó orgulloso: "Mi padre también fue un Maguid". (Se denomina Maguid a quien se dedica a disertar para despertar los corazones de los Yehudim con palabras de Torá, como el mismo Rab Shalom Shewadron. N. del R.)
- ¿De veras? - le dije- ¿Y de dónde eres?
Me respondió que él era originario de Hungría. Y después de una breve conversación, comenzó a relatarme un incidente que terminó por cambiar radicalmente su vida, sólo a causa de que su padre fue un prominente Maguid. Ésta es la historia:
El nombre del joven era Laszlo o, como a su padre le gustaba llamarlo, Ezrá. Su padre era uno de los más famosos Maguidim (Plural de Maguid) de Budapest y recorría toda la tierra húngara brindando sus discursos entre las comunidades judías de la región. Un día, en el barrio donde el Maguid vivía, falleció el sastre. Éste fue un hombre simple pero profundo observante de la Torá, aún cuando su hijo Moshé, quien trabajaba a su lado, no tenía sus convicciones tan arraigadas. Sin embargo el nombrado Moshé, por respeto a su padre, guardó los acostumbrados siete días de duelo en su casa.
Durante todos esos siete días, el Maguid asistía a darle las condolencias a Moshé. Ezrá, que entonces contaba con sólo nueve años de edad, acompañaba a su padre, y veía que cuando el Maguid se introducía al cuarto donde Moshé estaba solo, éste se estremecía. Cualquiera sabía que Moshé era uno de esos muchachos rebeldes que muy pocos de la comunidad pudieron persuadirlo a conducirse correctamente, pero la estima que le tenían al Maguid fue suficiente para que el padre de Ezrá fuese lo único que pueda llegar hasta lo más profundo de sus sentimientos, brindándole consuelo. Largas horas se quedaba el Maguid charlando con Moshé, sin que pareciera que el tiempo se había agotado.
El último día de duelo, Moshé escuchaba atentamente las palabras que suavemente le dirigía el Maguid.
- Yo creo que, en honor a tu padre, sería bueno que vayas todo este año al Shul (la sinagoga) a decir Kadish...
La respuesta de Moshé sorprendió a todos.
- Claro que sí. Lo haré todos los días - anunció -.
Pasaron los meses. Moshé era un asiduo asistente al Shul, y el Maguid, lentamente, iba trasformando la vida de aquel muchacho. Al principio discutían sobre temas de judaísmo, lo que los llevó a ponerse a estudiar Torá juntos. Al cabo del año de Kadish, Moshé llegó a ser un Yehudí Datí (observante).
Con el renovado espíritu que se había encendido en su entusiasta interior, Moshé alcanzó a cumplir las Mitzvot con un fervor tal, que no podía tolerar, en los demás, los errores que él ya había superado. En el Shul, Moshé era quien reclamaba silencio durante la Tefilá, como contrapartida de aquellos años en los que la gente debía callar a Moshé, cada una de las esporádicas ocasiones que se presentaba con su padre. La figura de Moshé se constituyó en un modelo del cual nadie se atrevía a violar alguna Mitzvá en su presencia.
Pasaron dos años. La barbarie nazi se hizo presente arrasando todos los pueblos de Hungría, llevando por la fuerza a los horrorizados Yehudim a los campos de concentración, separando con calculada crueldad a los hijos de sus familias.
Desde ahí, Ezra dejó de ver a su padre para siempre, siendo confinado en unidades carcelarias junto con otros muchachos, que transformaron su personalidad. Dejó completamente de lado toda la educación que recibió de niño. Había que sobrevivir, y el precio que pagó Ezra por su supervivencia fue la adquisición de toda clase de malos hábitos. Llegó a mentir, engañar y robar...
Cuando acabó la guerra, los pocos que quedaron vivos, fueron trasladados a diferentes áreas de rehabilitación, donde paulatinamente iban retomando las formas de vida normales.
Ezra, junto con su grupo, estaba internado en un centro a lo alto de un cerro desde el cual se divisaba la ciudad, y para arribar a ella, había que bajar mediante un viaje en tranvía (vehículo eléctrico urbano, que se desplazaba sobre vías).
Un viernes por la noche, Tomás, un amigo de Ezra (quien ahora se llamaba Laszlo), le sugirió ir juntos a divertirse a la ciudad, y ver la vida nocturna después de tantos años. Ezra se encontraba frente a un dilema: Por un lado, siempre tuvo la ilusión de que, cuando saliera del campo de concentración volvería a la práctica religiosa que nunca debió abandonar. Quizás era ahora la oportunidad para retornar al camino que otrora trazó su padre. Por otro lado, estaba la diversión, que creía merecer después de tantas desventuras. Pero ir en tranvía... Eso sí se constituía en una flagrante violación del Shabat. Bueno, trataría de pasar inadvertido dentro del vehículo.
- Toma un cigarrillo - le ofreció Tomás.
Ezra hubiera querido negarse, pero no podía despreciar a su amigo Tomás. "Le daré sólo una aspirada", pensó, "y luego lo arrojaré". El cerillo encendido esperaba en las manos de Tomás, mientras tembloroso, Ezra se puso el cigarrillo en la boca. Lo prendió, inhaló su humo, se sintió satisfecho, y subieron al tranvía en dirección a la ciudad.
Mientras el tranvía bajaba, Ezra trataba de ocultarse de las miradas de la calle, para que nadie lo reconozca. De repente, a través de la ventana, lo vio.
- ¡No puede ser! - exclamó Ezra - ¡Es... Moshé! Su mente viajó en un instante hasta aquellos días en que acompañó a su padre a la casa del sastre para dar las condolencias a su hijo. Pasó frente a sus ojos la imagen del Maguid convenciendo a Moshé para que asista al Shul a decir Kadish. Vio cómo Moshé iba creciendo espiritualmente más y más hasta convertirse en el ejemplo de lo que debe ser un Yehudi observante. Callaba a los demás en el momento de la Tefilá (el rezo); hablaba con otros Yehudim para que cumplan las Mitzvot...
- No, no... - se dijo así mismo Ezra - iNo permitiré que la persona a quien mi padre encauzó en el camino de la Torá, me vea que ya no soy Dati (observante)!
Tras lo cual se bajó del tranvía regresó a pie al centro de rehabilitación.
Desde ese día, hasta hoy, Ezra es un judío Dati.


Fuente Hamaor Tomo 1 (The Maggid Speak II-117)
(The Maggid Speaks ll - 117) 

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