En una aldea pequeña, vivía un joven que se ocupaba de estudiar día y noche la Torá. Él integraba un grupo de jóvenes que abandonaban sus ciudades natales en búsqueda de mejores lugares para profundizar sus conocimientos sobre los estudios sagrados.
Su padre le enviaba los telegramas y el dinero para su hijo, a través de un Shojet que vivía en la aldea, y quien personalmente se lo hacía llegar.
Una vez, recibió el joven una carta de su padre, en la cual expresaba su sorpresa por no haber confirmado la recepción de los veinticinco rublos que le había enviado con el Shojet.
Se dirigió el joven a lo del Shojet y le mostró el telegrama de su papá. Le dijo entonces el Shojet: Por mi vida que yo no he recibido dicho dinero.
No pasaron muchos días, y el muchacho recibió otra vez una carta de su padre, en la cual le preguntaba nuevamente por el dinero que le había enviado.
Se dirigió otra vez a lo del Shojet, más éste afirmó no haber recibido tal dinero.
Sin quedarle otra opción, el joven citó al Shojet a un “Din Torá”, para que ellos determinasen cual es el veredicto en una situación así.
El veredicto del tribunal rabínico, fue que el Shojet debía jurar que él no había recibido dicho dinero.
Sacó el Shojet veinticinco rublos de su billetera y se los entregó al juez para que éste se lo transfiera al muchacho, jurando en ese mismo instante que el dinero jamás le llegó a él.
Le preguntaron los sorprendidos los jueces: Si pagaste, ¿para que juraste? – y si juraste, ¿para qué pagaste?
Les dijo entonces el Shojet: Si hubiera jurado y me hubiera ido, hubieran sospechado que yo me quede con el dinero y que solo juré en falso para no tener que devolverlo.
Por otra parte, si lo hubiera pagado y no hubiera jurado, hubieran sospechado que yo me robé el dinero y que por temor a la gravedad de hacer un juramento, lo devolví. Ahora que yo pague y también juré, todos pueden ver que yo no me quedé con el dinero y que mi juramento fue un juramento verdadero.
Fuente: Mashuah.


















