En una pequeña aldea de Europa del Este, vivía una viuda llamada Javá con sus dos hijos pequeños.
Los tiempos eran difíciles y apenas tenían para comer, pero cada viernes, sin importar cuán poco tuvieran, Javá encendía las velas de Shabat.
Un viernes particularmente crudo de invierno, no había comida en la casa. Ni pan, ni vino, y ni siquiera una vela.
Los niños la miraban con ojos hambrientos. Javá buscó en cada rincón hasta encontrar dos pequeños cabos de vela casi consumidos. Los colocó en los candelabros de su madre, cerró los ojos, y encendió las llamas con manos temblorosas.
Ribbono Shel Olam —susurró—, no tengo nada que ofrecerte esta noche, solo estas pequeñas luces y un corazón que todavía cree.
En ese momento, alguien tocó la puerta. Era un viajero que se había perdido en la tormenta y vio la luz de sus velas desde el camino.
¿Me permitirían pasar el Shabat con ustedes? —preguntó—. Traigo comida suficiente para compartir, pero no tengo con quién hacer Kidush.
Esa noche, la mesa humilde de Javá se llenó de pan, vino y risas. Los niños comieron hasta saciarse.Antes de partir al terminar Shabat, el viajero le dijo a Java: Gracias por dejarme entrar. Sus velas me salvaron del frío.Javá sonrió, con lágrimas en los ojos.
No, fueron sus velas las que nos salvaron a nosotros. El viajero la miró con ternura.Quizás, Javá!
Las velas de Shabat siempre iluminan en ambas direcciones."Quien honra el Shabat, incluso en la pobreza, recibe recompensa sin medida".
A veces, lo poco que damos con el corazón abre puertas que no imaginamos.
Fuente Lilian Rotter

















