Comentarios de la Perashá: Ki Tisá

LA SEÑAL ETERNA

Dice Hashem: "Entre Mí y entre los Hijos de Israel, es (el Shabat) una señal eterna" (Shemot XXXI 17).
El Shabat fue llamado por Hashem: "una señal". Y esto es para mostrarnos qué importancia tan fundamental reviste este día para el Am Israel.
¿A qué se parece esto? A un comerciante o trabajador, que coloca en la parte exterior de su negocio, una señal para que las demás personas sepan a qué se dedica. Un sastre, colocará un símbolo con la figura de una ropa. Un zapatero, un zapato, y así cualquier otro profesional o negociante. De esta manera, toda persona que pase por afuera, se dará cuenta de que el negocio está en funciones. Y si el negocio cerrara porque su dueño se encontrara de viaje, toda vez que el símbolo permanezca colocado, será una señal de que dicho negocio sigue funcionando. En cambio, si el símbolo fuese retirado, esto significaría que el negocio cerró sus puertas, y que la ausencia de su dueño no es temporaria, sino definitiva.
Exactamente lo mismo sucede con el Shabat, el cuidado de este Día Sagrado, es la señal del reconocimiento y Fe de que Hashem creó el mundo en seis días, y de que cesó Su Creación en el día séptimo. Y es también una señal en cada Yehudí y Yehudí, de que levanta orgulloso la bandera de su Fe en Hashem. El Yehudí que cuida Shabat, afirma su convicción de que Hashem es el Creador y el Conductor del Mundo, y que es el Amo del Universo y de todo lo que lo contiene. Un Yehudí que cuida Shabat, demuestra que está dispuesto a cumplir incondicionalmente con la Voluntad Divina, hasta entregar su propia vida. Por medio de esta Fe en Hashem, el Yehudí introduce de raíz, en su corazón, el reconocimiento de la Santidad de Hashem.
Ahora se entiende mejor lo que está escrito acerca del Shabat "Porque ésta es una señal entre Mí y entre ustedes, eternamente, para que sepan que Yo Soy Hashem, el que los santifica". Y por eso, aunque un Yehudí se aleje temporalmente de las Mitzvot (las Ordenanzas) de Hashem, mientras cuide el Shabat, aún estará vinculado a Su Creador. El Shabat será la señal que atestigüe que el Yehudí todavía "sigue vivo" como Yehudí, y que no cortó sus lazos con Hashem. La señal del Shabat indica que en el corazón del Yehudí sigue latiendo el sentimiento de apego a Su Creador y a Su Santidad.

                                          (Extraído de Jafetz Jaim Al HaTorá - Ki Tisá)



Más de lo que la persona cuida al shabat, el shabat cuida a la persona


En una pequeña cuidad de Polonia vivía un rico Yehudí, que gozaba del respeto de todos los que lo conocían, además de ser un gran estudioso de la Torá y un hombre Tzadik (justo, devoto):
Él atendía una conocida cantina, en la que los importantes personajes polacos solían reunirse para tomar unas copas y perder el tiempo. De aquí obtenía su sustento, que le permitía vivir en medio de una holgada posición económica.
En aquella época, Polonia se encontraba bajo el dominio del imperio ruso. No obstante, en el año 1831 estalló una rebelión de los revolucionarios polacos, que querían independizarse de Rusia. Dicho levantamiento no tuvo éxito, y rápidamente los rusos aplastaron a los rebeldes.
Cuando regresaron las tropas rusas de la guerra, un general, con su pelotón, pasó por la ciudad donde vivía el Yehudí. Agotado por el viaje y por la crudeza de la batalla, tomó la decisión de pernoctar allí, y cuando escuchó que a unas cuadras había una cantina donde vendían vino y licores, mandó a uno de sus soldados con una suma de dinero, para comprar bebidas alcohólicas.
- Deme el mejor vino que tenga. Lo necesito para llevárselo a mi general - le dijo el soldado al Yehudí, mientras le ofrecía el dinero.
- Lo siento - fue la respuesta del Yehudí -. Hoy es Shabat, y la cantina está cerrada.
Grande fue la expresión de furia del general, cuando su soldado regresó con las manos vacias. Inmediatamente envió a dos de sus soldados a presentarse frente al Yehudí para comprar vino, esta vez con la exigencia de que no vuelvan sin su pedido.
El Yehudí no perdió la calma, y le dijo a los soldados:
- Quisiera que le digan al general que de veras lo siento mucho, pero hoy es Shabat, y en este día nos está prohibido a los judíos vender y hacer cualquier trato comercial. - Pensó un instante, y agregó: - Si el general está tan interesado en tomar algo, yo puedo ofrecerle la llave de mi negocio, y él podrá llevarse lo que quiera.
Cuando el general escuchó las palabras de Yehudí, de boca de sus soldados, se asombró, y se dirigió él mismo a la casa del Yehudí, para conocer a tan extraño personaje. Quería saber quién era el que se atrevió a negarse a su pedido, o si tenía alguna razón demasiado valedera para actuar de la manera que lo hizo.
Cuando llegó al lugar, uno de los hijos del dueño de casa lo hizo pasar, y quedó profundamente impresionado por lo que tuvo frente a sus ojos: La enorme casa totalmente iluminada; todo limpio; todo ordenado, y el espíritu del Shabat emanaba desde cada rincón; se diría que la Santidad se respiraba en el aire. Una mesa grande, servida con los más sabrosos manjares, y las velas de Shabat sobre ella. Todos los integrantes de la casa estaban sentados alrededor de la mesa, entonando emocionados, hermosas canciones. Este cuadro calmó la ira del general, quien luego de esperar a que acaben con las canciones, se dirigió amablemente al Yehudí, que presidía la mesa como si fuese un rey en su palacio:
- ¿Puede usted decirme por qué se negó a venderme el vino que le pedí? ¿No sabe acaso que yo soy un general muy importante? ¡Tengo mucho poder y autoridad! ¿Cómo es que no me tuvo miedo...?
- Honorable general: - le explicó respetuosamente el Yehudí -. Es cierto que usted es un hombre muy importante, y eso no lo ignoro. Pero el Creador del Mundo es mucho más fuerte y poderoso que usted, y por lo tanto, merece más respeto y honores que usted. Él nos ordenó suspender todas las actividades comerciales el día Shabat, y yo tengo que hacerle caso. Sin embargo - agregó -, ya que tengo el privilegio de contar con la presencia de alguien tan ilustre en mi casa, permítame complacerlo, mas no como cliente, sino como invitado especial. Hágame el favor de decirme cuáles de los vinos que yo tengo le gustan, y lo beberemos juntos aquí, o se los lleva para saborearlos donde usted quiera, si así lo prefiere.
Las palabras amables y certeras del Yehudí le cayeron muy bien al general. Éste accedió a compartir la mesa de Shabat con la familia, e inmediatamente le fue traída una botella del mejor vino. El general no sólo bebió, sino que también aceptó comer lo que estaban sirviendo, y disfrutó mucho de la cena, quedándose allí hasta bien tarde.
Cuando consideró que era suficiente el tiempo de haberse quedado, se levantó para retirarse, y sacó de su bolsa una gran moneda de oro, para pagar el vino, mientras decía: "¡Quédese con el cambio!".
- ¡De ninguna manera! - se negó el Yehudí -. Ya le dije que hoy es Shabat, y no puedo comerciar ni recibir ninguna cantidad de dinero. Además, me doy por abundantemente pagado, con el hecho de que alguien como usted haya compartido una cena bajo mi techo.
Cuando el general escuchó esto, sacó una libreta donde apuntó el nombre del Yehudí, luego de lo cual lo saludó y se despidió afectuosamente. Pasaron los años. Los rusos lograron atrapar al jefe de la insurgencia polaca, quien estaba condenado a las más severas penas. Entre los secretos que pudieron hacerle revelar, descubrieron que varias veces se reunió con los revolucionarios en la cantina del Yehudí, para planear actos subversivos.
Un día, de repente aparecieron unos policías en la cantina del Yehudí, y se lo llevaron prisionero a la ciudad de Vilna. Allí lo confinaron en una celda de alta seguridad, como hacían con los delincuentes más peligrosos. Mientras tanto, a aquel general ruso del relato, lo habían ascendido y lo designaron jefe de todas las unidades carcelarias. Cada tanto se dedicaba a inspeccionar las distintas cárceles que tenía a su cargo, y entre las visitas que hizo, cayó en la cárcel donde se encontraba prisionero nuestro Yehudí. Cuando pasó por su calabozo, lo reconoció enseguida.
- ¿Qué está haciendo usted aquí? - le preguntó.
- La verdad, es que yo tampoco lo sé - le respondió el Yehudí, y añadió:
- Aún no me han llevado a juicio, y no tengo idea de qué se me acusa.
- No se preocupe - trató de tranquilizarlo el general -. Yo voy a investigar la causa de su aprehensión, y espero que, sea lo que fuere, se demuestre su inocencia y salga libre de aquí.
Así lo hizo, y sin demorar ni un instante averiguó que el Yehudí estaba en la cárcel por sospecha de haber apoyado al jefe de los subversivos en su cantina. Con sus influencias, logró que le inicien juicio al día siguiente. En el momento que le fue leída la acusación, el general pidió la palabra y habló delante del juez y del jurado a cargo del juicio.
- ¡Señores del jurado! - comenzó sus palabras - A este judío yo lo conozco muy bien, y puedo atestiguar que alguien así, seguramente es totalmente inocente de los cargos que se le imputan. Él sólo es un cantinero que atiende a sus clientes. ¿Y cómo va a saber qué es lo que están tramando los que se sientan en sus mesas?
El juez insistió en que, un cantinero también podría implicarse en una conspiración en contra del imperio. Entonces fue cuando el general comenzó a relatar lo que vivió aquella noche de Shabat. Todos los presentes escucharon con atención, y se quedaron asombrados por la personalidad del Yehudí, que por aferrarse a sus convicciones, renunció a tan importante suma de dinero. La impresión causada fue tan grande, que hizo que por unanimidad fuera declarado inocente de todos los cargos, cosa muy extraña en aquella época, en que cualquier sospechoso de algo leve, era condenado sin miramientos.
Así fue que aquel Yehudí pudo salvar su vida, gracias a haber cuidado la Santidad del día Shabat.

                                                                        (Mikraé Kódesh - Shabat)