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Comentarios de la Perashá: Vayakhel-Pekudei

SHABAT ES DÍA DE PAZ

Leemos en esta Perashá: "No encenderán fuego, en todas sus moradas, en el día de Shabat" (Shemot XXXV 3).
Algunas personas creen que esta indicación de la Torá surgió a raíz de que en la antigüedad costaba mucho trabajo encender fuego, y, como hoy en día podemos hacerlo con sólo apretar un botón, dicho Precepto podría perder vigencia. Este pensamiento erróneo, queda completamente anulado con un comentario que fue escrito hace casi mil años:
"La Torá mencionó sólo la prohibición de encender fuego en Shabat, porque esta acción no implica un arduo trabajo o un esfuerzo grande (pues la prohibición de encender fuego incluye la de tomar de un fuego ya encendido y encender otro). La persona podría pensar: iNo estoy trabajando ni me estoy cansando, y el fuego que encenderé, lo utilizaré después de Shabat. Por lo tanto, está permitido hacerlo en Shabat! Para que no queden dudas, la Torá mencionó claramente que encender fuego es una de las tareas que el Yehudí debe abstenerse de hacer en Shabat" (Dáat Zekenim Mibaalé Hatosafot).
En la Guemará se analizan filosóficamente las palabras del Pasuk: “No encenderán fuego en todas sus moradas, en el día de Shabat”; significa que no se debe profanar el Shabat para que no se produzcan incendios en la casa (Maséjet Shabat 119:). Y el Shel"á profundiza aún más: Al incendio que se refiere la Guemará es a la pelea que sobreviene después de un arrebato de furia. "Siempre hay que cuidarse de no enfurecerse (aconseja el Shel"á), pero especialmente en Shabat, que es un día de Paz, tranquilidad, y armonía familiar. Precisamente los viernes por la tarde antes de que comience Shabat, la persona está apurada y nerviosa, con los preparativos, y es cuando más pueden suscitarse pleitos capaces de profanar la Santidad de ese día".
Ocurrió una vez que vinieron con el Gaón (eminente) Rab Jaim Zonenfeld, Rab de Yerushalaim de hace seis décadas, y le dijeron que en una de las casas vecinas habían unos Yehudim que estaban fumando. El Rab se dirigió raudamente a esa casa y entró de repente. Se quedó mirando a todos los lados, y no vio nada (los que estaban fumando, cuando vieron que el Rab entró, apagaron sus cigarros).
- ¡Honorable Rab! Se supone que cuando una persona quiere entrar a una casa, debe tocar la puerta y pedir permiso, ¿no? iMe extraña que usted no se conduzca según las normas de educación que le conocemos! - le dijo uno de los "fumadores".
- Tiene razón. Pero le voy a explicar - le respondió el Rab -: Cuando en una casa hay un incendio, lo primero que hay que hacer es tratar de salvar las vidas que hay adentro, y en ese caso no se puede perder el tiempo con las normas de la educación. Y cuando una vida está en peligro, no sólo la educación, sino hasta las Leyes del Shabat hay que dejar de lado. Me habían dicho que de esta casa salía humo; no sé de dónde ni de qué, y consideré que la vida de ustedes peligraba, pues nuestra Torá establece: "No encenderán fuego en el día de Shabat". Aquí me tienen, si es que puedo ayudarlos para salvarlos del incendio (Od Yosef Jay 113).

                                                         (Recopilado por Hamaor)


- Ven novia mía. Ven novia mía : Shabat , la Reina.

("Lejá dodí". Canción radicional para recibir el shabat)

Nuestros Jajamim (Sabios Judíos) se expresaron elogiosamente hacia aquellos Yehudim que cuidan el Shabat mucho antes de la puesta del sol (El Shabat comienza exactamente con la puesta del sol). Quien lo hace, recibe no sólo la inmensa satisfacción de disfrutar el día de Shabat por más tiempo, sino además, innumerables recompensas por parte del Cielo.
El siguiente suceso, relatado en primera persona por el Rab Simja Kaplan en el libro "Leshijnó Tidreshú", es un ejemplo palpable de esto último.
Cuando me encontraba cursando mis estudios en la Yeshivá (Academia Talmúdica) de Mir (ciudad de Europa Central), hube de alojarme en la casa de una pareja que tenía un hijo único.
Un día viernes por la mañana me disponía a ir a la Yeshiva y el dueño de la casa también se preparaba para dirigirse al mercado de la ciudad por cuestiones de trabajo. Antes de que éste traspusiera la puerta, escucho a su esposa que le dice:
- No te olvides que hoy es Éreb Shabat (viernes de día). Regresa temprano.
Pasado apenas el mediodía, luego de haber rezado Minjá (La Oración Vespertina) en la Yeshivá, llegué a la casa concluyendo mi día de clases. Al entrar, encuentro a la dueña de la casa apostada en la ventana, esperando ansiosa a su marido y murmurando: "¡Dentro de poco es Shabat...! ¡Ya va a ser Shabat...!"
No pude ocultar mi extrañeza.
- Señora: Aún es temprano - le observe -. Faltan varias horas para que entre Shabat...
Luego de mirarme un segundo, me dijo:
- Si te cuento qué es lo que nos sucedió en nuestra vida, me comprenderás.
Comenzó a relatarme que, desde que se habían casado, pasaron largos años sin poder concebir, hasta que después de tantos ruegos, Hashem los escuchó y les mandó un hijo.
Pero lamentablemente el niño no se desarrollaba normalmente, y ahora la preocupación se centraba en la precaria salud de su único vástago. El doctor de Mir, el pueblo donde vivían presumía que el niño padecía de un grave mal localizado en su corazón, por lo que recomendó a sus padres que se trasladaran a Vilna, para derivar el caso a un afamado médico que residía en aquella ciudad.
Después de revisarlo, este último facultativo diagnosticó que la enfermedad del niño era tan seria, que le quedaban sólo unos pocos años de vida, con suerte.
Al mencionar este pasaje, la mujer no pudo reprimir sus lágrimas.
- Aquel doctor nos había dicho que nos resignemos y que soportemos la situación esperando el desenlace, porque no había nada que hacer... - recordaba.
Luego de un profundo suspiro la mujer continuó:
Salimos del consultorio desesperados y desesperanzados. No sabíamos a dónde dirigirnos. A duras penas llegamos a la casa de nuestros ocasionales anfitriones en Vilna, y una vez allí estallé en un llanto, sin poder recibir ningún tipo de explicación ni consuelo.
La gente de la casa, al observar ese cuadro tan lamentable, nos señaló que, en nuestro camino hacia Mir, tendríamos que pasar indefectiblemente por Radín. "En ese pueblo vive el Jafetz Jaim. ¡Vayan a visitarlo y a pedirle un consejo!", nos recomendaron.
Así lo hicieron. Y me contaba la señora que, cuando arribaron a Radín se les vino el alma al suelo, al enterarse que el Jafetz Jaim, en virtud de su avanzada edad y su debilidad, había cancelado sus entrevistas con el público. Sin tiempo para lamentarse, comprobaron que del Cielo le enviaron una invalorable ayuda:
El nieto político del Jafetz Jaim, que cuando era estudiante de la Yeshivá de Mir se había alojado en la misma casa donde yo estaba, reconoció a sus benefactores y los hizo entrar con el Tzadik.
El Jafetz Jaim estaba sentado en su cuarto con un libro de Ezra en sus manos - memoraba la mujer -. Nos sentamos frente a él y comenzamos a explicarle nuestro caso. "¿Qué puedo hacer yo?", preguntó el anciano Rab. "Dinero, no tengo para darles. ¿En qué los puedo ayudar?", agregó.
En ese instante rompí a llorar amargamente, mientras el joven que nos había hecho entrar le decía: " ¡ Zeíde! (¡Abuelo!) ¡Es el único hijo que tienen!" Cuando me estaba retirando, escucho detrás mío la tenue voz del Jafetz Jaim. "Hija:", me llamó afectuosamente. "Desde hoy en adelante, toma la decisión de recibir el Shabat más temprano que de costumbre". No entendí muy bien sus palabras.
"Perdón. ¿A qué se refiere?", le pregunté, a lo que el Jafetz Jaim me indicó: "Cada Éreb Shabat, desde mucho antes de la puesta del sol, que luzcas en tu mesa el mantel especial para Shabat , y las velas preparadas. Y cuando las enciendas, no hagas más ningún tipo de trabajo". Y acabó diciendo: "¡Y después veremos...!"
La señora siguió contándome que, cuando salió de aquella casa, recibió sobre sí cumplir al pie de la letra lo que el Jafetz Jaim le había recomendado. Al poco tiempo el niño empezó a manifestar muestras de clara mejoría, y poco a poco su alimentación y desarrollo, no difería de la de los demás niños sanos de su edad.
- El médico de nuestro pueblo no podía creer lo que sus ojos veían - proseguía la mujer -. Para él era imposible que una cosa así sucediera. Nos proporcionó una suma de dinero y con ella viajamos nuevamente a Vilna, con el objeto de que el otro importante doctor revisara a nuestro hijo. Cuando lo hubo hecho, exclamó: "¿Ustedes se están burlando de mí? ¡Este no es el niño que yo atendí no hace mucho!" "¡Doctor!", le respondimos. "Es nuestro hijo y no tenemos otro!" El médico volvió a preguntar:"¿Acaso estuvieron en Viena?" En aquellos días, Viena era la ciudad capital, donde todos acudían allí para solucionar los casos más graves - aclaró la mujer. Y continuó: -"No", le repusimos. "No estuvimos en Viena. Estuvimos en Radín, con el Jafetz Jaim, y nos indicó lo que hacer..." El doctor lo pensó un instante y luego declaró: "La ciencia médica puede, a veces, componer lo que existe. Si el corazón no funciona bien, los doctores tratamos de curarlo. ¡Pero el Jafetz Jaim, por lo que veo, tiene la propiedad de crear 'algo de la nada'! ¡Porque ahora quiero que sepan que el corazón de vuestro hijo estaba consumido casi totalmente...!"
Luego del estremecedor relato, la señora concluyó:
- Ahora entenderás por qué, desde que me lo propuse, cada viernes empiezo temprano los preparativos del Shabat. Y es también por eso que estoy tan ansiosa para que mi marido llegue a casa lo antes posible...

                                                                            (Moréshet Abot 66)


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