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Para leer en la Mesa de Shabat

LA PRUEBA

Era una noche de invierno; la noche de Shabat.
La familia estaba reunida alrededor de la mesa, encabezada por el abuelo. En esa mesa se veían los más sabrosos manjares: los platos y los cubiertos eran los más lujosos, y toda la casa se veía iluminada. Era un Shabat como todos, pero siempre se sentía, en cada uno de ellos, la majestuosa Santidad del primer día de la Creación.
Los comensales terminaron de entonar las canciones de Shabat que llenaron todo el recinto, cuando se escucharon unos golpes en la puerta de la entrada. "¿Quién será?", se preguntaron todos, porque no era habitual recibir visitas ese día y a esa hora. Instantes después, entra la mucama al comedor, y anuncia que un enviado del rey se hizo presente para hablar con el abuelo.
Éste se levanto súbitamente, y se dirigió a atender al representante de su amigo el rey, con quien mantenía excelentes relaciones. Lo hizo pasar, y le preguntó:
- ¿En qué puedo servirlo?
- Usted perdone, respetable señor - se disculpó el enviado - Pero nuestra majestad me mandó aquí con el objeto de pedirle que usted le envíe ahora, a su palacio, las alfombras que figuran en esta lista... El rey las necesita urgentemente, pues mañana a la noche ofrecerá una fiesta en honor de un amigo que vendrá a visitarlo, y quiere tener su casa en condiciones.
- Lo siento mucho - respondió el abuelo - El rey sabe que hace unas horas comenzó el día Shabat, y no realizo durante él ninguna operación comercial en mi negocio de alfombras. Tendrá que esperar hasta mañana a la noche, cuando acabe Shabat...
- No, no. No puede ser - dijo molesto el enviado - La recepción se hará mañana, y ya no habrá tiempo de colocar las alfombras...
- Pero usted entiéndame - le dijo el abuelo casi interrumpiéndolo - Yo no trabajo en Shabat. Dígale al rey que, muy a pesar mío, no puedo complacerlo. Si hubiese usted venido sólo unas horas antes...
El enviado no le contestó. Se dio vuelta y se fue, sin ocultar su contrariedad. El abuelo se sentó otra vez en la mesa, y le pidió a sus hijos y nietos que cantaran nuevamente. Con un visible nerviosismo, le hicieron caso al anciano dueño de casa. Y en unos minutos más, se escuchó de nuevo la llamada en la puerta. Era el mismo enviado de antes, quien expresó con dureza:
- ¡Señor! Dice el rey que no aceptará sus pretextos, y que quiere las alfombras que le pidió, ahora mismo. Éstas no se pueden conseguir en otro negocio, y si no las tiene ya, afectará todo su programa de recepción a los invitados.
El abuelo trató de mantener la calma, al replicarle:
- Usted tendrá que disculparme, pero yo no me apartaré de lo que le dije anteriormente: Hoy es Shabat, y no podré satisfacer el pedido de mi honorable amigo el rey.
Cuando el enviado se retiró, un silencio total dominó la casa, que minutos antes rebozaba de alegría y canciones. Acabaron de pronunciar el Bircat Hamazón (la Oración posterior a las Comidas), y suena la puerta nuevamente. Esta vez, el enviado no dijo nada. Le extendió al abuelo una carta, que decía lo siguiente:
Estimado señor:
Necesito urgentemente recibir las alfombras que figuran en la lista. Si usted me lo pide, le pagaré el doble o el triple de lo que vale, pero no aceptaré una negativa.
Si persiste en su posición, sólo imagínese qué le sucederá. Piénselo bien y tome la decisión.
Firmado: El Rey
El abuelo tomó la carta y se la entregó nuevamente al enviado, diciéndole:
Debido a que hoy es Shabat, no me es posible contestarle la carta al rey por escrito. Pero dígale usted lo siguiente: Él es realmente un soberano muy poderoso y honorable, al que tengo que obedecer y respetar. Pero sobre mi (y sobre él) está el Rey de los Reyes: El Creador del Mundo, quien me encomendó no realizar ninguna actividad comercial en Shabat, y eso es lo que finalmente haré. Lamento tener que perder un cliente tan importante como el rey, pero en este caso, no me queda otra alternativa...- dicho lo cual, el enviado se retiró raudamente.
El ambiente que reinó en la casa, no era el que habitualmente se vivía cada Shabat. Ratos de silencio: palabras de preocupación; algunos otros murmuraban, los niños preguntaban... En ese instante, la abuela gritó:
¿Qué pasa con ustedes? ¿Acaso están tristes por el abuelo? ¡Si él está haciendo lo que le ordenó la Torá, no tenemos de qué preocuparnos! Sigamos celebrando este Shabat, como todos los demás, y confiemos en Hashem...!
En los ojos de la abuela se notaba un brillo especial, que contagió a todos los que la oyeron. Todos humedecieron sus ojos... Mas nadie podía asegurar si esas lágrimas eran de angustia, o de emoción...
Pasaron las horas, y terminó Shabat.
Como si el enviado del rey, hubiese estado esperando que la familia termine de recitar la Habdalá (la Oración de la finalización del Shabat), tocó la puerta, y cuando le abrieron, le entregó al abuelo una carta.
"Preséntese en mi palacio. Mañana por la mañana. Sin falta. Firmado: El Rey".
¿Qué es esto? ¿Una invitación? ¿O un citatorio? El abuelo se dirigió a su familia, y les pidió:
¡Queridos hijos míos! Mañana he de ir al palacio del rey, y no sé qué será de este anciano; no sé que otra extraña actitud tendrá ese hombre conmigo, que siempre me trató tan amablemente. Pero yo tengo Emuná Shelemá (Confianza Plena) en Hashem, porque he obrado correctamente. Cuando trasponga esta puerta, todos ustedes se quedarán aquí, pero me acompañarán con sus rezos y súplicas, para que pueda retornar con ustedes en Paz...
En ese instante, rompió en un llanto, que hizo que se unieran a él hasta los miembros de la servidumbre.
Amaneció. El anciano madrugó y recitó la Tefilat Shajrit (la Oración Matutina). En el Bel Hakenéset, abrieron el Hejal, y pidieron al Eterno que le otorgue éxito y salvación al abuelo y a toda su familia, y al rato lo despidieron.
El anciano llegó a las puertasdel palacio, y fue hecho pasar hasta el recinto del rey (ya había estado allí otras veces). El monarca se levantó de su trono, y se acercó a recibir al anciano con todos los honores, como acostumbraba a hacerlo. Lo invitó a sentarse, y empezó a hablar:
Ante todo, quiero pedirle perdón por todas las molestias que le he causado, y por el mal momento que le hice pasar; usted sabe que yo lo aprecio mucho...
- El rey, al ver en la expresión del anciano, que no entendía nada de lo que estaba sucediendo, procedió a explicarle - Aquí está conmigo el conde Lukwig, que vino desde muy lejos. Ayer por la noche nos pusimos a conversar, y surgió el tema de los judíos. Él sostenía que los judíos hacen cualquier cosa por dinero. Y yo, que los conozco mucho más, sabía que si bien el dinero es muy apreciado por ellos, tienen sus principios basados en la Torá. Palabra va, palabra viene, y me hace una apuesta, cosa que yo acepté de inmediato. Íbamos a probar al más renombrado de los judíos de mi ciudad, para ver si es más importante el dinero, o los principios religiosos...
El abuelo se quedó con la boca abierta. El rey concluyó diciendo:
Usted no sólo me hizo ganar la apuesta, honorable señor, sino que me dio una lección de moral y rectitud, tanto a mí como a mi invitado. ¡Dichosos son ustedes, porque están tan apegados a sus convicciones, que no se apartan de ellas aunque hay mucho dinero de por medio, y aunque tengan que entregar la vida por obedecer a vuestro D-os...! 

                                                                                          (Jobéret "Shabaton")
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