Solo Bat Israel

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Al Gaón Rabí Akiva Iguer lo vino a visitar un hombre muy acaudalado y en medio de la conversación este sacó de su cigarrera de plata un cigarrillo y comenzó a fumarlo. Ante ello Rabí Akiva le preguntó ingenuamente.
-¿Esto de fumar por qué lo haces…?
-Rabí… Acostumbro a comer bien, lo hago con varias comidas y también con buenas bebidas hasta llenar mi estómago y me da buen resultado fumar para poder digerir bien el exceso de esa ingesta.
Pasado algunos días a Rabí Akiva vino a verlos un hombre pobre que había estado en una acomodada posición y comenzó a contarle de sus grandes necesidades. En eso estaba cuando comenzó a fumar.
¿Por qué fumas…? Le preguntó cándidamente Rabí Akiva.
-Rabí, le dijo el hombre. Muchas veces no dispongo en mi poder ni de un trozo de pan y cuando hay hambre, fumar ayuda a sentirla menos.
Fijate como sorprende los caminos de las personas; expresó Rabí Akiva.
El magnate fuma por estar harto de haber comido tanto y el pobre lo hace porque está con hambre.
Los dos podrían comer saludablemente y ninguno de ellos tendría necesidad de fumar.
Tan solo sería necesario que el rico se preocupe por el pobre.
Fuente: Revista Or Daméseh- Asociación Sefaradí Hijos de la Verdad "Bene Emeth" Año 8 Nº13
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Se cuenta que una vez, un grupo de personas notó que el Tzadik (justo) Rabí Israel Salanter estaba parado en una de las calles de Vilna charlando con un hombre simple. Prestaron atención que el Tzadik Rabí Israel Salanter lo entretenía contándole chistes y cosas divertidas, y que ambos se reían juntos de ello.
Esta extraña conducta del Tzadik sorprendió de sobremanera a las personas que por allí pasaban, pues todos sabían lo cuidadoso que era Rabí Israel de Salanter en no hablar palabras vanas o cosas sin sentido.
Al despedirse de aquel señor, uno de sus alumnos se acercó a Rabí Israel Salanter y le preguntó por lo aparentemente extraño de su conducta, pues también de ello quería aprender la forma adecuada de actuar. Rabí Israel Salanter le explico: “ese judío que se acaba de ir, es una persona que se encuentra pasando por una situación sumamente difícil y su estado de ánimo estaba totalmente “por el piso”. Al darme cuenta de lo que le sucedía, decidí que era oportuno contarle chistes y cosas divertidas, para así elevar su animo y darle fuerzas para continuar esforzándose; y no hay mitzvá más grande en el mundo que alegrar el corazón de las personas …

Fuente: Mashua Judaísmo e Israel.

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Contó el Rabino Abraham Bahern, quién erigió un colegio de niñas ejemplar en Kfar Pines y posteriormente otro en la ciudad de Jederá, lo que provocó que tomase la decisión de transformarse en un educador en el pueblo de Israel.
Así él nos contó. Cuando era niño, mientras estudiaba en el Talmud Torá “Etz Jaim”, el día de estudios era muy extenso y culminaba al anochecer.
Para calmar el hambre, nos daban a cada niño un plato lleno de compota a la tarde, y cuando un niño terminaba su plato, tenía permiso para acercarse a la cocina y pedir más
Uno de aquellos días, recibí mi porción de alimento y comencé a comer. Tenía mucho hambre y temí que hasta que termine mi comida, se termine la compota que aún le sobraba a la cocinera. Me acerqué inmediatamente a ella y le pedí otra porción. Su reacción fue: “¡recién recibiste tu porción!”. Yo era un niño y como consecuencia del enojo provocado por su respuesta, tomé por mi mismo la olla, y la compota se cayó enterita de bruces contra el piso … lo cual provocó un gran tumulto y desorden en el lugar.
Al día siguiente me avisaron que el “mashguiaj rujani” (supervisor espiritual) del Talmud Torá, el Tzadik Rav Arié Levín, me citó para reunirse conmigo. Temí mucho de aquella reunión, pues estaba seguro que me iban a escarmentar por mi conducta.
Cuando entré en su pequeña oficina la cual estaba debajo de las escaleras del Talmud Torá, me sentó a su lado y me dijo: he escuchado lo que te sucedió ayer, y me he dado cuenta de que a ti te gusta mucho la compota.
Aquí tienes un plato de compota solo para ti. Siéntate y cómelo hasta que te sientas satisfecho. En ese mismo momento me dije a mi mismo: he recibido una gran lección sobre cómo se debe de educar. Y fue en ese momento, que decidí que cuando crezca, también yo quería transformarme en un educador para el pueblo de Israel.


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Contó una vez el rabino Shlomo Carlebaj z”l:
Estaba una vez sentado en un avión, y observé un artículo muy interesante en el diario.
Cierta persona contaba así: Mi hijo de doce años regresó a casa del colegio y me dijo: “Papá, te quiero mucho”, a lo que yo le respondí: “¿Y ahora qué quiere?
Me dijo el niño: te diré la verdad padre, nuestro profesor pidió a toda la clase, que cuando regresemos a nuestra casa le digamos a nuestros padres cuanto los queremos, y que mañana le contemos que nos contestaron al decirselos …
Me enoje terriblemente, contó el papá. ¡Que atrevimiento!, un profesor que debería de enseñar geografía, historia y cosas por el estilo … ¿quién es él para entrometerse así en nuestras vidas personales?
Le pregunte entonces a mi hijo: “¿quién es ese profesor?”.
Me contestó: “el profesor de gimnasia”.
Pensé para mis adentros: ese es el atrevimiento más grande del mundo, ¡que repugnante! El tiene que enseñar a los niños como entrenarse, ¿quién es él para meterse en nuestras vidas?
Le dije pues a mi hijo: “mañana cuéntame lo qué dijeron los demás alumnos”
Pues bien, regresó mi hijo al día siguiente del colegio y me dijo: “entre el 85 y 90 % de los padres de los alumnos, cuando estos les dijeron “te quiero mucho”, sus padres le contestaron: ¿y ahora qué quieres pedirme?. Sus padres no les dijeron: “yo también te quiero mucho” o “yo te quiero más aún”.
Llame entonces al profesor de gimnasia y enojado le pregunte: “¿porqué le pidió a los alumnos que hicieran esa pregunta? ¿Qué tiene que ver eso con la clase de gimnasia?”.
Me contestó entonces el profesor: ¿Sabe usted porque los niños se enferman?
Porque sus padres no les dicen: “te quiero mucho”.
Yo quiero enseñarles a los niños a mantenerse sanos, pero no puedo hacer nada para lograrlo, si sus padres no les dicen también cuánto los quieren …
Está es una enseñanza muy profunda, una enseñanza de verdaderos tzadikim (justos).
Fuente: Masua - Judaismo e Israel 

Nota de Solo Bat Israel: Estamos pasando momentos especiales, el seder y los días de pesaj que muchas familias tienen un tiempo especial para pasar junto a sus hijos. No dejemos esos momentos solo para los jaguim. Nuestros hijos nos necesitan todo el año, todos los días.

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La historia del pueblo judío empieza con nuestro patriarca Abraham y el pacto entre las piezas que D"s hizo con él. En dicho pacto D"s le informa que elegirá a sus descendientes como su pueblo y que iban a pasar siglos de esclavitud, al final de lo cual saldrán beneficiados y heredarán la tierra prometida. Efectivamente llegamos a ser esclavos del faraón durante 210 años. Nos oprimió duramente, pero siempre manteníamos fuertes nuestra identidad y fe en la inminente redención.
Había llegado el día anhelado. D"s le habló a Moisés desde la zarza ardiente y le dijo, dile al faraón: “¡deja salir a mi pueblo y me servirán!” pero el faraón no estaba dispuesto a dejar que una deidad suprema y exclusiva le haga perder su autoridad. Ese era su imperio y ningún “D"s de los hebreos” iba a derribar sus pirámides.
El faraón estaba por recibir una sorpresa. Hasta ese momento, la gente creía que éste era un mundo bastante fiable. En general, la naturaleza parecía marchar muy bien como otro de los grandes proyectos del faraón y sus pirámides. Pero, todo iba a cambiar. Moisés derrumbó esa confiable maquina de levantar pirámides. Con un milagro tras otro (en total diez), demostró que detrás de la fachada de las leyes de la naturaleza hay un deliberado propósito divino. Existe un D"s quién escucha el llanto del oprimido, quién exige la justicia y ama a aquellos que hacen el bien.
Finalmente, el testarudo faraón se rindió. En aquel día, más de 600.000 familias judías comenzaron su éxodo de Egipto hacia la tierra prometida con sus cabezas erguidas y alegres canciones en sus labios. El punto más alto de esta travesía fue su parada al pie del monte Sinaí para escuchar una transmisión pública de la sabiduría y voluntad divina de D"s mismo, documentadas en la “Torá”. Es esta sabiduría divina la que nos mantuvo unidos como una nación a pesar de todos los sucesos vividos a lo largo de los siglos. Y es esta sabiduría y experiencia la que transmitimos al mundo entero. Hoy cada vez más pueblos reconocen los derechos de cada ser humano, hecho “a semejanza e imagen de D"s”.
Fuente: Resumen de la Salida de Egipto. Jabad.com

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Cuenta Ben Gurión que en 1954, siendo primer ministro, viajó a EEUU para reunirse con el presidente Eisenhower y solicitar apoyo y ayuda en momentos difíciles para el joven Estado de Israel.
En uno de sus encuentros con el entonces secretario de estado, John Fuster Dulles, éste lo encaró con un alto grado de soberbia: "Dígame, Primer Ministro, ¿A quién usted y su Estado representan realmente? ¿Acaso los judíos de Polonia, Yemen, Rumania, Marruecos, Irak, la Unión Soviética o Brasil son una misma cosa? ¿Después de 2.000 años de diáspora es posible hablar de un solo pueblo judío, de una única cultura, tradición o costumbre judía?".
Ben Gurión le respondió: "Mire Sr. Secretario. Hace 200 años atrás zarpó de Inglaterra el navío Mayflower que transportaba a los primeros colonos que se instalaron en lo que hoy es la gran potencia democrática de los Estados Unidos de América. Le ruego que salga a la calle y pregunte a diez niños norteamericanos lo siguiente: ¿Cuál era el nombre del capitán del barco?, ¿cuánto tiempo duró la travesía?, ¿qué comieron los tripulantes durante el viaje? y ¿cómo se comportó el mar durante el trayecto? Seguramente no recibirá respuestas puntuales".
"Ahora fíjese. Hace ya más de 3.000 años que los judíos salieron de Egipto. Le pido que en algunos de sus viajes por el mundo, trate de encontrarse con diez niños judíos de  diferentes países; pregúnteles cómo se llamaba el capitán de dicha salida; cuánto tiempo duró la travesía; qué comieron durante el recorrido y cómo se comportó el mar. Cuando tenga las respuestas, y se sorprenda, trate de recordar y evaluar la pregunta que me acaba de formular".
¡Me entiende, Sr. Secretario!
Fuente: Iton Gadol Nº 89.

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Hola, soy Lea. No sé cómo se da este tema con ustedes, pero lo que es entre nosotros, robar el afikomán siempre es un problema difícil de resolver. 
Udi, por ejemplo, me contó que su abuelo esconde muchos afikomanim, tantos como nietos tiene, así cada uno sale a encontrar el suyo. Pero mi abuelo, siempre escondíó uno solo y yo llegué a encontrarlo una sola vez. 
Sucedió así: Desde que había empezado el seder no le quité los ojos de encima a mi abuelo, siguiéndole sus movimientos para ver por dónde se metía. El año anterior lo escondió debajo del mantel. Shajar fue quien lo encontró, recibió a cambio una pelota de fútbol. Hace dos años, lo había escondido entre las hojas de la Hagadá. Yael fue quien lo encontró esa vez, y recibió a cambio un libro con dibujos para colorear. ¿Y este año? Espié por debajo de la mesa para asegurarme de que no le esté pasando el afikomán a la abuela, Shajar buscó debajo del mantel y Yael dio vuelta todas las hojas de la Hagadá. No encontramos nada. Nos pusimos a reptar por el piso revisando cada fisura que había en la pared, y nada, no había nada… Shajar sugirió que podría estar pegado debajo de la tabla de la mesa, mientras que a Yael se le había ocurrido que podría estar adentro de los zapatos del abuelo. De repente me sobrevino una gran claridad respecto de dónde podría estar: me di cuenta de que el abuelo tenía puesto un sombrero encima de su kipá. Entonces le dije así: Abuelo, ¿Podrías por favor sacarte el sombrero de la cabeza por un momentito? - El abuelo sonrió y se lo sacó. Fue muy gracioso ver a un judío respetable con barba blanca y sobre su kipá un pedacito de matzá… ¡Era el afikomán! La imagen del abuelo con el afikomán sobre su cabeza me dio tanta risa, tanta que hasta me olvidé de pedirle el regalo que quería a cambio. Pero, después de todo... ¿Acaso es eso lo más importante?
Fuente: Relatos de Pesaj, autora Lea Naor. 

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